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jueves, 9 de mayo de 2013

Los milagros de la oración


¿Crees en la oración? ¿Has sentido la alegría de tener respuesta a tus oraciones?
La Biblia se refiere frecuentemente a la oración. Cuando oramos, conversamos con Dios, revelamos nuestra confianza en él, nos aferramos a sus promesas, aguardamos su respuesta, y avanzamos con la certeza de que él es poderoso. Una vida sin oración es una vida inestable.
El apóstol advierte al cristiano: “Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra” (Santiago 1:6, RVR).
El 8 de mayo de 2000 mi esposo Josué y yo estábamos entre los 65 estudiantes calificados para tomar el examen de admisión para el doctorado en educación en la Universidad de las Filipinas. Aguardábamos la llegada del funcionario que nos daría las instrucciones acerca del procedimiento. Inmediatamente antes de entregarnos las hojas del examen, nos advirtió. “Miren a su alrededor. Ustedes son 65, pero solamente 21 serán seleccionados. ¡Así veremos quiénes de entre ustedes pueden ser aceptados!” Un suspiro de desaliento se pudo oír en toda la sala. Josué me miró y todo lo que pudo decir fue: “Ora, Lina. ¡Solamente ora!”
Los dos inclinamos la cabeza y oramos silenciosamente. Este no era un momento para el desaliento, sino para aferrarse a la promesa de Dios: “‘Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad y se os abrirá’” (Lucas 11:9).
Oré en mi corazón, pero con la certeza de estar hablando con Dios en persona:“Señor, estoy rogando y llamando a tu puerta; por favor, ábrela. Te imploramos que nos concedas tu gracia”.
¿Acaso, no nos prometió Jesús, “‘Si algo pidiereis en mi nombre, Yo lo haré’” (Juan 14:14)? Entonces pedí conocimiento y sabiduría para que pudiéramos responder correctamente las preguntas del examen. Le rogué a Dios que tomara mi mano y la guiara para poder escribir las respuestas correctas. Sí, él estaba allí ayudándonos a los dos. Cuando los resultados fueron anunciados, solamente 16 de los 65 aspirantes habían pasado el examen. Dos de ellos éramos nosotros.

sábado, 4 de mayo de 2013

Testimonio: El tiempo de Dios y la manera de Dios


Tenía tan solo catorce años, estaba en el colegio secundario, vivía una vida normal y feliz en una familia de ocho hijos, en la hermosa isla de Newfoundland al noreste de Canadá.
Un día, abruptamente y sin advertencia, mi vida fue sacudida por la repentina muerte de mi padre de solo cuarenta años.
Mi hermano mayor, de diecisiete, se convirtió en el consejero de mamá. El futuro parecía sombrío y estéril.
Mi sueño era convertirme en enfermera, pero una enfermera en el campo misionero en un país lejano, donde pudiera comenzar una escuela de enfermería o tal vez un orfanato. ¿Se cumpliría alguna vez mi sueño? ¿Cómo podría pagar mis estudios? Todo lo que sabía hacer era esperar que Dios se manifestara con una respuesta.

viernes, 3 de mayo de 2013

Testimonio: del suicidio a la salvación


Dice el Señor:… ‘Así será la palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié’” (Isaías 55:10, 11).
Ingresé en la Iglesia en febrero de 1982. Tres meses más tarde completé la carrera de medicina y comencé a trabajar. Cuando fui bautizada en la iglesia de La Aurora, en la ciudad de Santa Fe, Argentina, los miembros me obsequiaron una pequeña Biblia, acaso el mejor regalo que alguna vez haya recibido.
Al ir al trabajo, siempre la llevaba conmigo.
Leía con avidez sobre la vida de Jesús. Me atraían especialmente las promesas de la Palabra de Dios, ya que mi ingreso a la iglesia había sido difícil, pues mi familia se había opuesto a mi decisión. Por eso me aferraba a las promesas de Dios, procurando memorizarlas, y nunca me separaba de mi Biblia.
Una noche, mientras estaba de guardia en un hospital de la ciudad de Santa Fe, la vigilancia me avisó que había llegado un nuevo paciente a la sala de emergencias. Me apresuré a llegar y allí lo encontré. Roberto agitaba en la mano un frasco vacío de un conocido psicofármaco, diciéndome que había ingerido todo su contenido.
El cuadro era claro: un intento de suicidio. Para agravar la situación, lo acompañaba su esposa, completamente ebria.